miércoles, 23 de octubre de 2013

Les Rodanes II


En pleno mes de julio, la organización de la etapa programó el control de firmas a las 08:45 porque consideró que no era necesario madrugar más para subir con una temperatura aceptable a la Rodana Gran desde el valle de Porxinos, a unos 15 kilómetros de la salida. "Creo que es mejor hacer uso de los megamadrugones sólo cuando sea estrictamente necesario", me permití el lujazo de afirmar. Los demás condescendieron y los tres tardamos poco en darnos cuenta de error.

Tras las diez primeras rutas y la extraordinaria visita a Cullera, comenzaba la segunda fase de etapas, más largas y con mayor desnivel. Y para empezar, algo que nos había quedado pendiente cuando en las dos primeras salidas realizamos el camino contrario, de les Rodanes a Porxinos. "Algún día tenemos que subir por los badenes", nos juramos. Y eso hicimos.

Prescindimos de la ruta del río y transitamos por caminos del término de Riba-roja entre montes que increíblemente conservan algún reducto boscoso que la construcción de chalés y canteras no ha logrado exterminar. En una de ellas, un aspersor averiado nos ofreció un leve alivio al sol que ya empezaba a apretar. Cuando descendimos a Porxinos el calor era ya respetable. Atacamos la primera rampa, y sólo Víctor fue capaz de aguantar sin pararse a la sombra de un pino para capturar oxígeno, pero a un ritmo tan mínimo que al poco de reemprender la marcha le di alcance. No obstante, el xoto llegó en solitario a la explanada porque los demás cada poco íbamos parando a respirar.

En el último kilómetro, las diferencias se acentuaron. Víctor, según contó, subió del tirón hasta los últimos centímetros y tan relajado iba contemplando el bonito paisaje porque no tenía a ninguna 'J' soplándole en la nuca que tuvo que poner pie a tierra para no salirse del camino y rodar por la ladera, lo que provocó la hilaridad de un ciclista que bajaba de las antenas. Las 'J' ya tenían bastante con turnarse en la marcha y los descansos, que fueron unos cuantos. Al final, la ausencia de tercer plato dejó a Javi sin recursos y cedió en la última recta. Habíamos completado una ascensión suicida, que Víctor y yo ya creíamos conocer, pero aun con algunos centenares de kilómetros de rodaje en las piernas difiere mucho de hacerla en marzo a llevarla a cabo en julio. Por ello, Víctor amenazó con presentar una protesta formal ante la organización, que finalmente no se produjo.

Lo que no habían cambiado eran las vistas. El descenso fue rápido para honrar lo antes posible al paladar. Entre les Rodanes y Riba-roja Víctor recibió una llamada, momento que algún ruin aprovechó para lanzar un amago de ataque e instigar a Javi a que lo secundara. "¡Sí, sí! ¿Entonces, 35 perlas, 2 flores de abril y otras 72 perlas?", vociferaba Víctor, que no se había molestado en detener su marcha. "¡Acordaos: 35, 2, 72!", nos cantó conforme se acercaba a nosotros una vez concluida la conversación telefónica. "¿Eso qué cojones es, el gordo de Navidad?", le respondí. "No, un pedido de una clienta para un collar, que ha visto uno en Tous que le ha gustado y quiere uno similar", aclaró. "Pues... la Peña podría comprar ese décimo para el 22 de diciembre", sugerí. Y a todos nos pareció perfecto, como si los números de la composición deseada por la señora fuesen una millonaria revelación.

El Askuas nos recibió con un almuerzo marca de la casa y con un par de botellas de coca-cola dentro de un cubo con hielo. Javi comprobó en persona dos cosas: que los almuerzos del Askuas tienen su fama bien merecida y que existen bicis como la 'suya' (la Muddyfox Streetfinder) que sí tienen tercer plato. A la ruta le faltaba un rodeo por la huerta de Benaguasil y las urbanizaciones de la Pobla de Vallbona y l'Eliana porque si no se quedaba un tanto corta, y así lo hicimos, con un sol castigador, sin ni siquiera una ligera brisa y con el matador olor de la depuradora de la Pobla. Tras retornar al río, hicimos una breve pausa para quitarnos algún grado de encima, pero no esperamos a la Presa, presumiblemente ya ocupada por el clan Jiménez Heredia.

Tras la etapa, Víctor se echó atrás en su reclamación por la hora de comienzo con un comunicado en la página de la Peña: "Como mejor aprende el ser humano es a base de palos. Llevo semanas reclamando un adelantamiento en nuestras salidas, pero la democracia de esta peña prefería dormir una hora más y arriesgarse a un desvanecimiento, lipotimia, bajada de tensión...". ¿Hablaba él o hablaban Gloria y Bego a través de él? Tomamos nota para la siguiente; más nos valía.

El Palmar-Cullera



La organización de la etapa de Cullera era diferente, novedosa, inédita. Dada la lejanía del destino, la ruta partía desde El Palmar, en el corazón del Parc Natural de l'Albufera, así que era necesaria la primera neutralización en la Peugeot Expert Tepee. Había que madrugar para cargar las tres bicis, efectuar el traslado, descargar y echar a rodar antes de las 09:00, por lo que el control de firmas se fijó en las 07:45 de la madrugada.

Nos esperaban 60 kilómetros, absolutamente llanos a excepción de los tres kilómetros de subida y otros tantos de bajada del radar meteorológico o bola del mundo. La información del trazado estaba especificada en el libro de ruta, colgado en la nueva página de facebook, así que nadie debía tener dudas sobre lo que nos esperaba. Javi había registrado una petición para efectuar "una parada técnica en la oficina de Yoli para un besito rápido y continuar la marcha", propuesta que fue estimada "por romántica y porque nos pilla de paso".

Recorrer los alrededores de la Albufera en bicicleta es algo altamente recomendable. La vista se expande casi hasta el infinito entre el verde de los arrozales, las aves acuáticas acompañan el paseo con su vuelo discontinuo y sus chapoteos, los canales acompañan o cruzan el camino... Si además el día acompañaba, el sol todavía ganduleaba entre las nubes y el viento se mantenía en calma, el escenario era idílico. La presencia humana se atisbaba en las labores de algunos agricultores con sus maquinarias especiales para desplazarse por los campos encharcados. Por poner un pero, quizá esperábamos algún coche o camión menos por sus caminos asfaltados.

De ahí nuestra distensión en el pedaleo y nuestras gansadas encima de la bicicleta, combinadas con un rodar rápido y constante aprovechando la diafanidad del recorrido. Sorteamos desde lejos los núcleos urbanos de Sollana y Sueca y llegamos al de Cullera, el cual teníamos que atravesar en su totalidad para encarar la ascensión, de tres kilómetros desde el nivel del mar hasta los 230 metros de altitud. Como siempre, "a partir de aquí, sálvese el que pueda". En la primera rampa, Víctor casi revienta el cambio de la bici; Javi, conocedor del tramo inicial, se marchó con decisión; por mi parte, conocedor de mis características, intenté no forzar demasiado para tener una subida tranquila.

Javi, con su no tercer plato, cayó como fruta madura. Víctor ya marchaba en cabeza en el desvío a la derecha, cuando las edificaciones acaban y queda un paisaje de aceras a medio hacer, calles que no llevan a ningún sitio y bloques de hormigón desperdigados por la destrozada ladera, junto a las carteles en los que se destaca la prohibición de edificar (más). Yo me acercaba poco a poco a Javi, pero tardé en sobrepasarlo, y cuando lo hice iba muy al límite. Afortunadamente, Víctor acababa de tomar una curva de herradura y le escuché decir desde las alturas: "¡esto ya no es tan duro!". Así era, tras los dos primeros kilómetros llegaba una zona más benigna y a continuación un pequeño descanso y hasta una ligera bajada.

Víctor mantenía la 'distancia de seguridad', Javi también lo estaba pasando mal. Otra rampa respetable pero breve daba paso a la traca final: 200 metros de pronunciado descenso y poco más de 100 con una rampa del 21% hasta el radar y los repetidores. Víctor lo consiguió, pero a costa de emitir tras su llegada unos resoplidos de león marino que cualquier diría que procedían de la playa. "Me he dejado los cojones", afirmó. Yo no tuve ni tanta suerte ni tanto arrojo; podría decir que un señor que paseaba a su perro suelto me impidió coger la velocidad suficiente en la bajada, pero la realidad es que no pude con la pared. Y Javi, con ‘su’ bici, tampoco estaba capacitado para ofrecer más.

Al norte, los arrozales que acabábamos de recorrer; al noroeste, la población de Sueca; al suroeste, Favara con la Serra de la Murta al fondo; al este, el mar, el inmenso Mediterráneo, la playa, la costa y la depredación urbanística. El cielo no estaba totalmente despejado, pero kilómetros y kilómetros de montaña, llanura y mar se extendían ante nuestros ojos. La subida tenía un doble valor: el camino en sí, el esfuerzo de hacerla en bici, el trazado que aunque mucho más breve bien podía asemejarse a cualquier llegada en alto de una competición ciclista, y las vistas una vez alcanzada la cima. Inolvidable.

Pero además de alimentar la vista y los sentidos, había que alimentar el estómago. Eso sí, lo prometido era deuda, y había que cumplir el pacto entre tocapelotas. La bajada fue emocionante, pues la carretera es ancha y despejada pero cuenta con una protección sobre el terraplén de apenas un palmo, y Víctor le añadió un plus al cruzarse en el camino de Javi, sin consecuencias. Pasamos por la oficina de Yoli, quien compareció toda mona ante los tres sudorosos y poco presentables ciclistas: "¡Pero estáis locos! ¿Habéis sido capaces de subir ahí? ¡Madre mía!", dijo sin perder la sonrisa. En esas estábamos cuando ante nuestros ojos apareció uno de los grandes artífices de estas rutas: el coche de google maps. Si supiera la gran ayuda que ha supuesto en la creación y diseño de los trazados...

En El Llauraor parecía que había pasado el pelotón y había arrasado con los víveres. Debimos de ser los últimos en almorzar ese día allí, pero disfrutamos de un generoso ágape, ensalada incluida. El camino de vuelta fue un poco menos maravilloso: el sol estaba en lo más alto, llevábamos el buche lleno y los kilómetros se hacían notar. Además, no teníamos como a la ida la referencia de la montaña de Cullera y parecía que pedaleábamos sin avanzar en la pradera de arroz.

Para animar el retorno, incrementamos el ritmo, metimos plato grande y llegaron los piques: primero atacó Javi, como vi que iba en serio me enganché a su rueda y cuando Víctor quiso unirse a la fiesta le costó un mundo. A punto de conectar, solté un nuevo ataque al que respondió Javi y Víctor tuvo que volver a empezar, y vaciarse otra vez. Por fin, enterramos el hacha y nos reagrupamos. El Palmar estaba ya a la vista y, después de 60 kilómetros, aún nos quedaron ganas para lanzar más ataques, el útimo y definitivo para una etapa memorable y que dejó huella a todos, ya en las calles de la pedanía por parte de Javi, quien se llevó la victoria al sprint en la meta de la Expert. Sería por el besito de Yoli...

lunes, 21 de octubre de 2013

Porta Coeli



Subir a Porta Coeli y no hacerlo por la carretera de los cuarteles y el hospital es complicarse la vida y cuesta entender que nuestra visita a la Cartuja transcurriera por otros derroteros. El objetivo, como siempre, era eludir el presunto tráfico y buscar caminos más tranquilos. Y los encontramos, pero algunos de ellos impracticables.

Tras una semana de parada por mis vacaciones cántabras, la llegada del verano había traído consigo una de tantas olas de calor. Por ello, programamos una etapa vespertina y cargamos en la mochila de Víctor (plural mayestático) una botella de agua y otro bidón. Javi se reincorporó con nuevo uniforme: un culote-bermuda y un maillot. En vez de adoptar el color de sus compañeros, escogió uno gris, y además se jactó de ello: "Yo paso de ir de rojo como vosotros, que parecéis Zipi y Zape". Pusimos rumbo a Bétera por el camino utilizado para ir a Olocau con desvío en la Conarda, mucho más agradable y tranquilo que el trayecto por Mas Camarena.

Entramos en la urbanización La Masia, junto a la carretera Bétera-Olocau. Rodar con Javi tiene, entre otros muchos, el atractivo de que adonde vayamos conoce el lugar porque él ha peritado allí y nos cuenta lo que recuerda de aquella experiencia. La ruta nos llevó por firmes de tierra y luego de asfalto. "Cada vez me gustan más estos caminos", dejó caer Víctor, en alusión a los segundos. El guía tomó nota: los terrenos pedregosos están muy bien, sobre todo para descensos técnicos, pero no está de más combinarlos con carreteras asfaltadas en las que se pueda rodar más cómodo y adquirir cierta velocidad, y así se programó para etapas venideras.

Volvimos a caminos antipáticos, cada vez más empinados. Cruzamos la urbanización Sirer; acusábamos ya el esfuerzo y el intenso calor, y quedaba lo más duro. Saldríamos a la carretera de las Canteras a 2 kilómetros del cruce hacia Porta Coeli, pero hubo que hacerlo a pie porque llevábamos bicis y no cabras. Comprobamos que un camino entre el bosque, intransitable a bordo de cualquier vehículo, era también sin embargo un buen lugar para utilizarlo como vertedero, debió de creer algún homo no sapiens.

En las Canteras disfrutamos de un reconfortante descenso hasta el desvío para subir a la Cartuja. Víctor y yo nos lanzamos mano a mano hacia arriba. A mitad de camino el rey de la montaña se escapó, pero haciendo un sobreesfuerzo logré reengancharme y adelantarle. Inmediatamente lo pagué, pues el xoto, impasible, me volvió a dejar atrás. Al fondo se veían los cipreses, volví a exprimirme y le alcancé para a continuación esprintar. "¿Ya hemos llegado? Pensaba que quedaba mucho más. ¡Es que voy a ciegas!". No tenía derecho a quejarse: le había remitido días antes un correo en el que le explicaba la ascensión y la llegada: "Son 2,4 km. El final, la tapia y la puerta del monasterio, está después de un sombrío tramo bordeado por paredes de la propia montaña y cipreses". De todos modos, a partir de esta reclamación ideé la creación del grupo de facebook para nuestras rutas. El nombre estaba más que claro: Peña Ciclotocapelotista. La presidencia, también: Gloria.

En esas estábamos cuando llegó Javi, como un señor, erguido sobre la bicicleta, sin muestra alguna de fatiga pese a su no tercer plato. Entramos en el recinto del monasterio. Silencio absoluto desde una atalaya incomparable, el lugar ideal para encontrar un lector ensimismado o una abuela con su nieto dormido. No vimos, en cambio, a ningún "monje con la capucha puesta sin vérsele la cara, que no dice ni hola y da un miedo que te cagas", según comentó Rafa posteriormente, quien además elogió la proeza con un "salud y kilómetros, ya eres de los míos, jajaja".

La merienda tenía que esperar hasta Bétera, no más de lo necesario puesto que descartamos la ascensión al vértice geodésico de la Guarda. La bajada hasta el cruce fue muy rápida y divertida, hasta que tras una curva con gravilla aflojamos porque nos vimos con dificultades para controlar las máquinas. Continuamos en suave descenso por la carretera de los cuarteles pero pasado el hospital tomamos un desvío para coger un camino de tierra, ante las protestas de mis compañeros, que preferían continuar por firme pavimentado. No obstante, el trayecto también fue bonito entre campos y urbanizaciones, interrumpido por la hojita del GPS, que salió despedida en dos ocasiones desde su ubicación en el manillar -es lo que pasa por reutilizar la cinta de carrocero-, la segunda de ellas, en medio de una rotonda. Ya no hacía falta, pero las colecciono, así que la recuperé.

En el dulce tentempié se empezó a gestar la siguiente ruta. En honor a Javi, a Yoli y porque nos apetecía mucho conocer la ascensión al radar meteorológico, nuestro próximo destino sería Cullera, lugar de residencia y trabajo de Yoli. De momento, nuestro objetivo inminente era terminar la etapa, así que nos dirigimos a Mas Camarena, sin deportistas haciendo footing que reclamaran nuestra atención, y subimos a La Canyada por la entrada principal, donde Víctor no tuvo rival. Se ve que conocía la llegada.

Calicanto




-"Si Javi tampoco puede venir, podemos reservarle la etapa de Porta Coeli y hacer nosotros Calicanto, que es más experimental".
-"Experimentemos entonces".
-"Experimental que puede ser sinónimo de no escoger el camino correcto".

Víctor ya estaba advertido a través de ‘whatsap’ de que en la próxima salida podía pasar algo. La etapa de la Serra Perenxisa o Calicanto, perteneciente a los términos municipales de Chiva, Torrent y Godelleta, fue seguramente una de las más estrambóticas que hicimos y haremos. Lo único rescatable, interesante, bonito, fue el tramo de subida y bajada de la montaña masacrada a dentelladas por la voracidad urbanística. Lo demás, poco recomendable para una ciclorruta al uso. Detallemos.

Para llegar a Calicanto, buscamos una alternativa que no fuera carreteras con tráfico, pero esa tercera vía menos transitada nos salió rana. La ruta desde La Canyada marchaba tranquila y sin problemas hasta que llegamos a los polígonos y la A-3. Nos pasamos la salida de una rotonda y dimos una estresante vuelta de más. Tras cruzar la autovía, teníamos que desviarnos por un camino que atravesaba un paso a nivel de Renfe. Paso a nivel suprimido; cuando Google Street View visitó la zona el paso a nivel estaba abierto al tráfico. Y no era fácil encontrar una alternativa, ya que nuestra ruta continuaba por caminos rurales asfaltados o de tierra entre un océano de campos de naranjos, todos iguales y muchos de ellos vallados.

Dimos un rodeo por el polígono hasta encontrar un paso elevado sobre el tendido ferroviario y, al bajar, junto al agradable aroma procedente de la fábrica de cacao Natra, nos llegó el pestilente olor de la planta de tratamiento de residuos metropolitanos de Quart. Repugnante, vomitivo, nauseabundo, repulsivo, hediondo. Aguantamos la respiración al pasar junto al recinto, pero sirvió de poco. Una nube de gaviotas revoloteaba por las montañas de escombros. Unas piscinas de agua fétida y basura que el viento había arrastrado por los alrededores terminaban de decorar el 'paisaje'. Es evidente que la basura que generamos tiene que ir a parar a algún sitio, pero no era agradable encontrársela en pleno ejercicio físico, cuando además no estaba prevista en el libro de ruta porque el trazado inicial no transcurría por allí.

Acabó el Camí de Torrent en una carretera, la del Pla de Quart. Nos habíamos desviado bastante y había que reprogramar la ruta. El objetivo era llegar como fuera a Calicanto. Parada técnica, consulta del GPS y en última instancia decir, no muy convencido: "vamos a meternos por aquí, creo que llegaremos a algún sitio". Hubo suerte y celebramos pasar bajo la línea del AVE, señal de que estábamos en el buen camino. Un camino por el que el cochecito de Google había transitado, no entendíamos muy bien cómo. Aquello fue degenerando hasta que nos vimos pedaleando por una pista pedregosa, polvorienta y con ligera pendiente ascendente. Así estuvimos durante cuatro kilómetros, siempre entre naranjos y 'pellizcando' las ruedas sin parar porque las piedras eran inevitables. El calor, el polvo, la pendiente discreta pero insistente...Se nos hizo eterno.

Festejamos pisar asfalto en la urbanización La Esmeralda, rodamos brevemente por el tapiz de la carretera de Godelleta y entramos en Cumbres de Calicanto. Después del rodeo, el puñetazo en la nariz y el esfuerzo en el áspero camino llegó la ascensión de 5 kilómetros hasta las antenas y el vértice geodésico de la Serra Perenxisa. En la primera rampa, de considerable dureza, fiel a mi costumbre, perdí rueda con Víctor quien, como es costumbre en él, lo da todo en las grandes ascensiones, se exhibe en las subidas ‘mediáticas’, y acaba la etapa renqueante y con el gancho. No podía acompasar mi respiración, "me ardía el pecho", pero pude resistir. "Coge aire", había escrito alguien en el asfalto, ya que tras la cuesta venía un pequeño descanso. Otra rampa. Una bendita bajada. Otra rampa. Víctor no ampliaba la distancia. "Sufrir se sufre, pero la rampa siempre llega a su fin". Me acordaba de Rafa, sus batallitas y sus contraportadas. "Yo ni me planteo bajarme de la bici". Pues yo sí, pero no quería, hasta que tuve que hacerlo porque al cambiar plato metí el grande en lugar del pequeño, y entonces sí que no. Víctor seguía ahí, no iba apurado pero tampoco sobrado. Y llegamos al final de la urbanización, fantasmagóricamente deshabitada en muchas zonas, para tomar el camino hacia las antenas, peor aún que el de los naranjos, pero lo más ‘grave’ había pasado.

Unos obreros trabajaban en los repetidores. Concretamente, uno trepaba por ellas y dos miraban desde abajo impasibles. Las vistas no defraudaron: el manto de naranjos, la Calderona en el horizonte, la sierra de Chiva, la costa valenciana, l’Albufera difuminada entre la neblina, la montaña de Cullera. Con todo lo acontecido, habíamos acumulado un retraso considerable, así que emprendimos el descenso por la cara norte, por la carretera, primero sinuosa y luego recta con badenes, pero muy recomendable tanto para bajar como para subir, que lleva a la urbanización Santo Domingo. Bastaba con mover el manillar y frenar de vez en cuando para tomar las curvas, pues la bajada nos condujo directamente al lugar del almuerzo, a unos 5 kilómetros.

Había que planificar bien el retorno, porque el tiempo se nos echaba encima. Bajo ningún concepto íbamos a mantener el recorrido original, que nos volvía a llevar por buena parte del antipático camino entre naranjos, y además no nos servía porque se estrellaba en el paso a nivel. El GPS nos indicó una ruta más corta y por carreteras con algo más de tráfico que, eso sí, nos condenaba a una nueva visita al vertedero, pero no teníamos elección. Escasos de agua, compramos una botella para evitar más sorpresas y nos lanzamos en dirección Torrent y Mas del Jutge al tiempo que aguzaba el oído para escuchar las indicaciones de doña GPS desde el bolsillo trasero del maillot, hasta que el tráfico me obligó a llevar el móvil unos metros en la mano.

Superamos el apestoso trecho de la planta intentando no devolver el almuerzo. Para cruzar la A-3, nos dejamos de rodeos y utilizamos la pasarela peatonal frente a la factoría de Amstel. Ya estábamos sobre terreno conocido y tranquilo. Queríamos llegar cuanto antes; puse un ritmo constante, pero Víctor iba justito, haciendo la goma y con cara de no pasarlo demasiado bien. Sin embargo, al llegar a la subida a La Canyada, resurgió cual ave Fénix y esprintó para imponerse en la entrada a la urbanización. Pese a todas las vicisitudes, aún teníamos ganas de marcha. La etapa experimental también sirvió para descartar otras dos rutas, las de Godelleta y Monserrat; por esos caminos, al menos, no iremos.

Olocau


La etapa de Olocau no contó con la presencia de Javi, ausente por motivos laborales. Esperábamos más de la visita a uno de los puntos de encuentro habituales de los ciclistas, cierto es que como parte de una ruta que continúa hacia Gátova y el Pico del Águila o Puerto de Chirivilla.

Más de la mitad del recorrido de ida coincidía con la etapa de Marines, con una pequeña modificación por Colinas de San Antonio para sortear mejor las obras de la carretera de Bétera. Sin embargo, se nos hizo mucho más breve y amena, quizá porque aprendimos y no erramos en los desvíos. La tarde acompañaba con una temperatura agradable y pudimos disfrutar del descenso de la Conarda y del pedaleo entre naranjos y nuevamente con la visión de la Serra Calderona en el horizonte. No fue tan plácida la travesía de la urbanización Torre de Porta Coeli, por caminos pedregosos y polvorientos.

Por fin tomamos el carril bici que desde Bétera lleva hasta Olocau. En pocos kilómetros llegaría la subida al Collado, por lo que aprovechamos para sacar nuestras barritas y galletas, uno con más habilidad que otro, porque las de Víctor fueron al suelo y tuvo que dar media vuelta para recogerlas, así que hicimos un breve alto.

La subida tiene unos 2,5 kilómetros, pero sólo el tramo final es algo más exigente. Subimos a tren hasta que cedí y Víctor se quedó solo, pero se dosificó pensando que la subida era más larga, por mucho que se la había explicado previamente, y aproveché para superarle justo antes de coronar. Tomamos el corto pero veloz descenso, en el que me volvió a adelantar, y nos plantamos en el carrer Major de Olocau. Una panadería y un bar nos ofrecieron la merienda y nos sentamos a contemplar el singular emplazamiento de la población, entre dos altas montañas.

Trasladamos a Gloria el mensaje de que Víctor había dejado la primitiva con 5 euros para sellar en el mármol para que la echara antes de las 20:30 horas si podía y recorrimos fugazmente el pueblo antes de emprender el regreso. Una indicación de 'Gátova 11 kilómetros' nos tentó para alargar la ruta, aunque fuera a Marines Viejo que estaba a 5, pero el recuerdo de la jornada de Marines continuaba demasiado reciente y preferimos no arriesgarnos a otra etapa nocturna. La subida al Collado por la otra cara se nos hizo tan breve que acabamos picándonos por adelantar a otro ciclista que la había iniciado con ímpetu pero al que se le había atragantado. Víctor se me adelantó esta vez en la cima y nos lanzamos con todo cuesta abajo por el carril bici ancho, limpio y despejado que me permitió registrar los 50 kilómetros por hora en el 'Cateye'. Víctor me esperaba ya abajo con cara de haber gozado del descenso con algún kilómetro por hora más.

La bajada hasta Bétera no era tan pronunciada como esperábamos, y además el viento suponía un ligero inconveniente, pero rodamos con plato grande por encima de los 30 km/h, sobre todo Víctor, que volaba y tuvo que aflojar porque yo no aguantaba su ritmo. Mientras, el tráfico de ciclistas en sentido contrario era incesante. Atravesamos Bétera sin más incidencias que un recto de Víctor, que marchaba adelantado, en la rotonda que se toma a la derecha para dirigirse a Mas Camarena. Excusable, sólo era la segunda vez que pasábamos por allí. Las incidencias llegaron en el camino de Paterna con un par de impacientes conductores que nos sobrepasaron apurando más de lo que el sentido común recomienda, y así se lo hicimos ver con un dedo en alto que no era el pulgar.

Arribamos a Mas Camarena con mayor antelación que el día de Náquera, con lo que no se produjo el encuentro con deportistas practicando footing que reclamaran nuestra atención. Tras el descenso del Camí del Comte, Víctor propuso variar el recorrido hasta la meta y acceder a La Canyada por la entrada principal si se llega desde el Polígono Fuente del Jarro, con una rampa final de 500 metros exigente y en la que se ha de ofrecer lo poco que quede en el depósito. Pero el ciclismo es, a fin de cuentas, espectáculo, y nuestras etapas, también.

Llíria


Javi se apuntó también a la siguiente, buena señal, todo apuntaba a que habíamos conseguido fidelizarlo. Tenía alguna mejora en su bicicleta, un cojín para el sillín con objeto de procurarle una mayor comodidad. Tocaba Llíria, una etapa que sorprendió gratamente. Sobre el papel, era una ruta con un desnivel inferior a las anteriores pese a las dos ascensiones a Santa Bàrbara y Sant Miquel, y de hecho la anuncié como una jornada de recuperación, pero fue una de las más divertidas y que exigió esfuerzos importantes.

Desde Riba-roja abandonamos el río para encaminarnos entre campos a Benaguasil. Javi sorprendió con una escapada tras un fuerte ataque, fuga que finalizó pronto al desconocer por dónde continuaba la ruta. Pero fue un aviso de que se sentía fuerte y dispuesto a dar que hablar. Sin embargo, a la entrada del pueblo las primeras rampas frenaron su ímpetu y quedó rezagado. Mientras tanto, Victor y yo habíamos quedado bloqueados porque dos conductores departían tranquilamente en medio de la calle. "¡La madre que lo parió!", bramó Víctor ante mi espanto, ya que nos encontrábamos a las puertas del 'Beverly Hills' de Benaguasil. Afortunadamente, los conductores estaban absortos en su diálogo, que tampoco se prolongó demasiado. Reagrupados, cruzamos el pueblo rápido por si acaso y posteriormente la variante, que nos regaló un rapidísimo descenso.

Nos plantamos al pie de la subida a Llíria por la espalda de Sant Miquel, de poco más de un kilómetro pero que se nos hizo verdaderamente complicada, tanto que paramos en la cima con la excusa de esperar a Javi. Sin solución de continuidad entramos en Llíria por una calle en bajada para encarar el vía crucis de la ermita de Santa Bàrbara, de casi otro kilómetro. Tomé la delantera, pero el zigzagueo y la pendiente constante acabaron por desfondarme y Víctor aprovechó para coronar con cierta ventaja. No tuvimos que esperar demasiado a Javi, que se había puesto de pie sobre la bici, no porque el sillín fuera ya insoportable pues el cojín estaba haciendo su trabajo, sino para que dada la ausencia de tercer plato la rampa no pudiera con él. Recuperado el aliento, procedimos a saludar a cuatro ancianos lugareños que sentados en un banco y apoyados en sus respectivos bastones repasaban apasionadamente la actualidad del día. Seguramente sería su rutina diaria, de enorme mérito por mucho que se tomaran con calma la ascensión. El premio, además, eran unas amplias vistas de varias decenas de kilómetros.

En la bajada, un inoportuno chucho quiso acompañarme unos metros al tiempo que emitía gruñidos poco amistosos. Salvado el escollo, nos tocaba volver a subir unos metros para tomar otra calle en descenso antes de acometer sin pausa la subida a Sant Miquel, más corta pero algunos porcentajes salvajes de casi el 27%. Al poco de comenzar, Javi y yo tuvimos que parar, la presencia de un coche impedía dar bandazos por la calle. Poco después, nos adelantó... un corredor, de gran fondo según su camiseta, que a pie también buscaba la cima. Por su parte, Víctor enfiló la ascensión del tirón pero no sin dificultades y también fue sobrepasado por el atleta, quien le informó de que ya le quedaba poco para coronar. Cuando alcancé el monasterio, el deportista ya emprendía el descenso. Bestial. Javi llegó poco después en otra subida heroica. Cogimos aire. Lo habíamos logrado, unos con más mérito que otros. Desde allí arriba la panorámica si cabe era aún más espectacular, de casi todo el Camp de Túria y hasta del Mediterráneo.

Un descenso prolongado por las estrellas calles del casco histórico de Llíria nos separaba del almuerzo. En el bar Fombuena nos encontramos con otro almuerzo-robo, de esos de 3 euros por barba. Nos lo habíamos ganado. Nos esperaba un plácido descenso hasta Riba-roja, parte de él por el carril bici del antiguo ferrocarril a Llíria. La placidez la empezó a perturbar el sol que apretaba ya bastante, por lo que decidimos repetir la experiencia de remojarnos en La Presa antes de los dos kilómetros de subida a La Canyada. Pero esta vez compartimos el momento de asueto con una familia gitana que había organizado una jornada de pic-nic justo en aquel lugar bajo el puente. El padre, amable y cordial, se interesó por nuestra etapa: de dónde veníamos, hacia dónde nos dirigíamos y otra serie de cuestiones que hicieron nuestro chapuzón más ameno. O no.

Náquera


De blanco inmaculado, con bici, casco y bidón prestados y con su tocapelotismo característico. Así comenzó el periplo de Javi en estas ciclorrutas. Después de varias semanas amenazando con apuntarse "si alguien le dejaba una bici", por fin pasó del dicho al hecho, del 'me gusta' en el facebook a ser protagonista de las fotos y las crónicas. La bici, del hermano de Gloria y con la que ésta decía que había subido al Garbí (el hermano, no ella), de dos platos (grande y mediano) y sólo 10 marchas (24 la mía y 21 la de Víctor), de menor talla, sin amortiguación, sin dibujo en las ruedas y "de hierro forjado", aunque con el cuadro fino. El pantalón, sin acolchado en la entrepierna. El casco y el bidón, también gentileza del encargado de material, Víctor. Eso sí, con las piernas depiladas, como tiene que ser.

El destino era Náquera, casualmente un lugar muy conocido por Javi, un lugar que cualquier ciclista que se precie sin duda ha visitado. Además, nos permitía 'abrir nuevos horizontes', ya que la primera parte de la ruta, hasta cruzar Bétera, coincide con las rutas de Porta Coeli, Gilet-Sancti Spiritu, Monte Picayo y Serra-l'Oronet-El Garbí. Pero a las cinco de la tarde el camino de Paterna a Bétera rebosaba de tráfico, por lo que la impresión no fue nada agradable. Javi hacía lo que podía con su máquina y cada cierto tiempo aflojábamos el paso para que no se viniera abajo, aunque él ya avisó de que iría 'a su bola'. Atravesamos Bétera callejeando y nos dirigimos, ya reagrupados, hacia Náquera entre un mar de naranjos, primero por caminos asfaltados ya hace años y luego por caminos de tierra que nos hacían ganar progresivamente y también incomodidad. Por fin llegamos a las urbanizaciones previas a Náquera. Zigzagueamos por ellas con el fin de evitar la transitada carretera y, tras un rápido descenso del barranco, encaramos el último tramo, una doble ascensión.

Al girar para coger la calle que tras casi un kilómetro de recta y dura pendiente nos llevaba a la ermita de San Francisco, Javi marchaba un tanto rezagado, pero no fue impedimento para escuchar su reacción cuando vio por dónde continuaba la ruta: "¡Una polla subo esto!", exclamó. Pero subió, echando pie a tierra al final mientras el resto dábamos bandazos por la ancha calle hasta llegar arriba completamente vacíos. Nos recuperamos tomando una premerienda y contemplando las magníficas vistas. Pero teníamos otro objetivo, alcanzar las cercanas antenas. Bajamos la calle y se presentó ante nosotros otra importante pendiente. Javi consideró que ya había tenido suficiente montaña para el primer día y nos dijo: "Aquí os espero". Y bien que hizo, porque la misión resultó decepcionante. El camino que llevaba a las antenas pronto se convertiría en inaccesible en bici por su pendiente y su mal estado, así que tocó apearse tanto para llegar a ellas como para regresar porque en el descenso tampoco resultaba fácil controlar nuestras máquinas.

La hora del avituallamiento. Una merienda en un horno con una hornera que ponía el precio a discreción. Después de poco menos que regalar la compra a Víctor y Javi, se 'ensañó' con una chica que entró a continuación y también se subió a la parra cuando me tocó a mí. Al margen de esto, quedamos saciados para emprender el regreso con ligereza y garantizarnos llegar a la meta de día, en un descenso hacia Bétera que el repecho del barranco, el firme en ocasiones pedregoso y el viento impidieron que fuera más divertido.


Regresamos a La Canyada por el camino de Paterna, que en este sentido combina llano con ascensión. Javi andaba ya con la reserva encendida, aunque al llegar a Mas Camarena la ligera bajada y la presencia de más deportistas haciendo footing levantó los ánimos. El último tramo complicado fue la subida a La Canyada por El Plantío, que Javi completó en un alarde de pundonor y bravura. No obstante, ya en la meta hizó balance de la jornada. "¡Esta bici me ha desvirgado, no siento el culo!", proclamó a los cuatro vientos. Aun así, rápidamente publicó en facebook su hazaña, señal de que estaba satisfecho y orgulloso. Por nuestra parte, aprendimos de él varias normas de tráfico, como por ejemplo que todo el ancho del camino es nuestro, preferentemente la izquierda, o que si en una rotonda se ha de torcer a la izquierda no es preciso tomarla por la derecha para efectuar el giro. Pese a ese característico tocapelotismo, agradecimos su presencia y confiamos en haberle ganado para las próximas rutas.