jueves, 24 de octubre de 2013

Chiva


La de Chiva quedará como una de las etapas más completas de todas las realizadas. Divertida y al tiempo exigente, con un perfil interesante y un recorrido variado. Mantuvimos la hora de control de firmas pese a haber entrado en el mes de septiembre y, coincidencia o no, cuando a las 07:15 echamos a rodar cuesta abajo hasta el río un aire más fresco de lo deseado nos incomodó hasta el punto de desear una chaqueta que nadie portaba. Pasados los tres kilómetros 'críticos', cuando empezamos la ascensión hasta la carretera de Manises a Riba-roja el frío quedó en anécdota, porque realmente disfrutamos toda la jornada de una temperatura agradable. No obstante, tomamos nota para las rutas venideras.

El recorrido favorecía la entrada en calor porque predominaban las ascensiones, cortas y por unos caminos pavimentados completamente tranquilos entre los montes ya tan conocidos por nosotros. Rampa tras rampa, siempre por asfalto, desde la Basseta Blanca por el Camí de la Sisterneta llegamos al doble tramo técnico del día. Primero, el breve y pedregoso descenso, que hasta ese momento únicamente conocíamos en ascenso, hasta el absurdo vial ambiental perpetrado en Porxinos. Seguidamente, tras los montones de tierra de la cantera del Bufas, la dura pero corta subida y los divertidos toboganes hasta la carretera de Cheste a Loriguilla, por los que bajamos alegremente sorteando a un perro que salió a saludarnos en medio del camino.

El trayecto hacia Cheste prosiguió muy tranquilo, sin apenas tráfico y con ganas de guerra, al menos por mi parte. Rodeamos la población por los caminos de tierra tantas veces recorridos casi dos décadas antes con mi vieja BH primero y con mi Shimano Mentor después, hasta cruzar la CV-50 y llegar a Chiva. Dimos un pequeño rodeo -o grande, según Javi- para subir por la avenida principal (Doctor Corachán) y salir del casco urbano en descenso por la calle Doctor Nácher. A partir de aquí, las especificaciones del libro de ruta eran muy claras y, por si acaso, durante el trayecto había insistido en ello: dos rotondas a la derecha, inicio de la subida por la antigua N-III, rotonda a la izquierda hacia la Ermita del Castillo, recto hasta que acaba la calle y giro de 180 grados a la derecha hasta la cima. Pensando que estaba todo claro, me adelanté y lo di todo en el tramo de la nacional.

A cierta distancia, mis compañeros me siguieron y enfilaron la subida de la ermita, que nos recibió con una durísima primera rampa. Desde ese momento dejé de mirar atrás, cogí aire, llaneé un poco, giré 180º y al llegar a la penúltima cuesta... me encontré con Javi, que había escogido el camino más corto pero más duro, el del vía crucis, por el que estaba previsto efectuar el descenso. Tenía gran mérito lo de Javi y su no tercer plato, porque le había servido para atajar pero a costa de realizar un gran esfuerzo. Continué la ascensión y con las fuerzas justas llegué arriba, seguido por Javi. ¿Y Víctor? Por fin lo vimos desde la cumbre: el rey de la montaña, el que desayuna kilómetros, había llegado al final de la calle pero en lugar de girar en redondo se fue 90 grados a la derecha. Al ver que no había más ascenso preguntó y le redirigieron hasta que llegó a la cima con toda la tranquilidad del mundo.

Tranquilidad era lo que se respiraba allí arriba, que el lejano tráfico de la A-3 no lograba perturbar. Al noreste, Cheste; al suroeste, las sierras de la Cabrera y Malacara y la cementera de Buñol. Descendimos ahora sí todos juntos por el vía crucis y en un momento estábamos en El Canario, tras dejar las bicis apoyadas una sobre otra, lo que causó la velada indignación del propietario: "¡No viviríais en mi mundo!", nos espetó. En su mundo de tortillas de patatas con extra de sal le dejamos una avispa que nos boicoteó el almuerzo aprisionada entre los platos amontonados.

Descendimos por la antigua nacional y a buen ritmo abandonamos Chiva para internarnos nuevamente por recorridos de mi antaño, viejos caminos asfaltados que nos elevaban y permitían contemplar toda la extensión de Cheste, ese perfil (o 'skyline') que tan familiar me resulta. Tras el duro repecho del sanatorio psiquiátrico abandonado descendimos a espaldas del Circuit por una pendiente señalizada del 8%, Javi y yo a toda máquina, Víctor absorto en la contemplación del paisaje. El nuevo registro estaba en 56,7 km/h. Como precisó Javi, la máxima permitida en la carretera era de 60, así que todo en orden. El kilómetro de bajada nos llevó a las campas de vehículos en stock y al apeadero del Circuit. Tomamos la otra mitad de la carretera Cheste-Loriguilla en dirección a los polígonos de la REVA. El perfil descendente y el buen firme permitían un rodar veloz, aunque sólo yo estaba por la labor.


Superado con éxito y estrés el complicado paso entre polígonos, vehículos pesados y rotondas, rodeamos el Carasoles por la vertiente sur y descendimos hasta el río. Javi andaba justo de fuerzas, pero Víctor tenía que resarcirse de su 'chivada' y en la ascensión a La Canyada terminó por imponer su "mejor conocimiento de la ubicación de los baches", según excusé vergonzosamente mi impotencia. El 'pajarito' había vuelto.

Cullera-Barx



Las seis y media de la madrugada. Así, con todas las letras. A esas horas Víctor y yo estábamos cargando las bicis en la Expert para la neutralización hasta Cullera, donde habíamos quedado con Javi a las 07:45 para pedalear hasta Barx. Mientras, esperábamos la llegada de Sergio, invitado de excepción a través de Víctor, que a quince días de ser padre prefería quedar a tan intempestiva hora en lugar de aprovechar sus últimas oportunidades para dormir con tranquilidad junto a Ana.

Javi nos había lanzado un órdago: "La semana que viene estaré en Cullera residiendo en un apartamento, por lo que salvo que se haga una ruta por esa zona conmigo no contéis (más que nada porque no voy a levantarme hora y media antes del control de firmas). No obstante, invito a los señores tocapeloteros a una piscinita". Ahí tenía su ruta y ahí estábamos nosotros, en gran parte por la bien denominada piscinita, en el parking del centro comercial de Cullera, pero él y su León rojo aún no estaban ahí. Nos habíamos levantado hora y media antes que él, habíamos visto amanecer en el viaje, habíamos completado el trayecto con minutos de adelanto, y él estaba "llegando", o lo que es lo mismo, saliendo del apartamento. Exactamente cuando acabamos de descargar las bicis, apareció.

"Cualquier rumano tiene una bici mejor que la que llevas, Javi", comentó Sergio al ver la Muddyfox Streetfinder. Nos pusimos en marcha hacia la Serra de la Murta (o de Corbera) por el Camí de l’Arròs y nos adentramos en los últimos arrozales de Cullera, que dan paso a los primeros naranjos de Tavernes de la Valldigna. Todo fue paz y sosiego durante un buen rato. La ruta nos llevó al kilómetro 0 de la CV-50 -carretera que finaliza en Llíria- que a su vez nos condujo al núcleo urbano de Tavernes. Lo rodeamos y más naranjos nos acompañaron nuevamente entre paz y sosiego por el Camí de Mig l’Horta hasta Simat de la Valldigna, enclavado entre montañas, donde por fin íbamos a abandonar el llano, mientras el sol empezaba a asomarse.

Si digna es la Vall, digna fue la ascensión de los cuatro al Port de Barx o Collado de la Visteta. Sergio avisó de que no la iba a disputar y le emplacé a vernos arriba, en el mirador. Javi y su no tercer plato tampoco aguantaron la rueda de Víctor, que seguía a la mía. Tras los dos primeros kilómetros y a falta de tres, me eché a un lado y el xoto se marchó en solitario. Un decir lo de en solitario: por la decena de curvas de herradura del puerto había un importante tráfico ciclista de todas las edades en aquel último jueves de agosto. Hombres, mujeres, adolescentes imberbes, tercera edad, todos nos adelantaban con sus bicis de carretera. Nosotros, los más globeros de todos los ciclistas, los más ciclistas de todos los globeros, los únicos con mountain bike y con maillot btwin, también subimos y adelantamos a algún valiente y amable sexagenario.

El puerto mantiene una pendiente bastante constante, salvo un tramo en el que roza el 8% de desnivel frente al 5-6% de gran parte de la ascensión. Como siempre, Víctor cogió unos metros que le fueron más que suficientes para subir sin aliento en el cogote y sin la necesidad de utilizar el plato pequeño. No fue mi caso, pues tuve que echar mano de tan preciado recurso en un par de ocasiones en los que la velocidad bajaba de 10 km/h. Fuimos llegando en constante goteo al mirador: primero Víctor, después yo, en seguida Javi, quien me había recortado algunos metros, y no tardó en aparecer Sergio con el molinillo.

Después de saborear las vistas de la Vall, a pesar de que las nubes se imponían al astro rey, nos dirigimos, todavía en ascenso, hasta Barx para el merecido almuerzo en el carrer Major entre una multitud de ciclistas y bicis estacionadas en sus respectivos aparcaderos. Aprovechamos para que Gloria nos contara vía whatsapp las horas previas a la etapa de Víctor: "Dile que esta noche duerme en el trastero. ¡Qué noche me ha dado! Se ve que estaba nervioso por el acontecimiento de hoy, como un chiquillo que tiene excursión al día siguiente, y se ha pasado la noche de arriba abajo: Que si melón, que si agua, que si leche, que si las bicis, el bombín que se le cae al suelo, el paquete de galletas... ¡Qué pesadilla!". Víctor ratificó punto por punto lo referido por la presidenta, aunque le quitó hierro: "Es una exagerada".

La vuelta comenzaba con un descenso prometedor por una carretera en muy buen estado y ya despejada de tráfico. No sé lo que pasó por allí delante; cuando llegué a la entrada de Simat mis compañeros comentaban que habían superado los 60 km/h y que Víctor había rascado el pedal contra el suelo en una curva, en un error de globero. El trayecto de regreso coincidía prácticamente en su totalidad con el de la ida: Simat, campos de naranjos de la Valldigna con mayor actividad a esas horas, Tavernes, más naranjos, arrozales. Víctor impuso un ritmo alto al que sólo respondió Sergio, mientras que Javi y yo les seguíamos, cada uno como podía, a cierta distancia. La meta en el horizonte estaba clara, la montaña de Cullera; en la mente, no menos meridiana, la piscinita prometida.

Ya próximos al núcleo urbano, en un prolongado y tan gratuito como agotador esfuerzo alcancé a Víctor. 'Rotondeamos' un rato y tras la inoportuna rampita del puente sobre el Xúquer llegamos a la Expert. Eran alrededor de las 12:00, el aliciente del baño en la piscinita nos había dado alas. Procedimos a cargar las bicis -momento en que Javi recibió una de sus habituales llamadas inhibidoras-, la piscinita nos esperaba.

Tras el breve remojón en el que Javi no participó porque no podía acceder al apartamento ni por tanto al bañador, emprendimos el regreso Víctor, Sergio y yo. Teníamos por delante casi tres cuartos de hora de camino que había que amenizar, así que pensé en Gloria: "Voy a enviarle por whatsapp una foto de un cuentakilómetros a 180 km/h". Cometí el abucheado error de pasarle directamente un enlace en lugar de la imagen. "No me creo que sea la Expert, cuando fuimos a Biarritz iba chafando huevos y no pasaba de 100", respondió. "Dile que Ana ha roto aguas", me incitó Sergio. Así lo hice, con ocho exclamaciones finales.

Y Gloria se colapsó."Sí???????????? (Hasta 12 interrogantes). Madre míaaaaa. Salgo para allá?!!!!?" (Pregunta 1: ¿Adónde es 'para allá? Pregunta 2: ¿Para qué?). No quisimos estirar más la broma, por temor a represalias ulteriores de las respectivas parientas. Contesté con una interminable lista de 'jaja'. "Oyee, con eso no se juega, que casi llamo a Isa y la lío parda”. Le envié la foto del descojone general en la furgoneta y una auténtica del cuentakilómetros a 100 km/h, a las que respondió con la suya malencarada y 'saludando' con el dedito, aunque inmediatamente reconoció que también se había reído. Nos carcajeamos una y otra vez mientras nos regodeábamos en nuestra travesura. Acto seguido, ya cerca de La Canyada, Sergio llamó a su mujer para ponerla en antecedentes. Por si acaso.

Vilamarxant


Diseñé esta etapa rompepiernas, fusión de otras dos y que realmente no conduce a ningún sitio, en mi afán por recorrer todos los caminos posibles de los términos municipales de Riba-roja y Vilamarxant. El primer reto del día era la ascensión al monte Carasoles. Después de tantas etapas viéndolo de lejos o rodeándolo por todas sus caras teníamos que visitarlo. El problema es que, en lugar de escoger la carretera junto a la cantera, lo hicimos por el camino imposible de los invernaderos, con una pendiente bestial y un terreno impracticable para nuestras monturas y nuestras capacidades. El esfuerzo nos marcó para el resto del día. Una vez llegamos a la corona inferior que rodea la montaña, el camino era bastante más accesible y no tardamos en llegar al punto más elevado.

Todavía no se había levantado el día y teníamos ante nosotros una vista panorámica de Valencia, el aeropuerto de Manises, campos de naranjos y polígonos industriales. Completamos la vuelta en bajada por los ruinosos chalés que en algún momento alguien debió de creer que quedaban bien allí colgados y tras un breve serpenteo llegamos junto a la cantera. La ruta proseguía en un continuo descenso-ascenso entre chalés y monte, con liebres cruzando el camino a nuestro paso y con rápidas bajadas que alegraban el rato para en seguida toparnos con subidas que cortaban en seco la velocidad adquirida.

Al llegar a Riba-roja, al pie de las antenas ya visitadas, nos dirigimos hacia Porxinos por el inexplicable vial ambiental a medio hacer, en este tramo una pista de tierra megaancha con una dura pendiente de un kilómetro tras la cual otro veloz descenso conduce directamente al valle. Ya por el pedazo asfaltado, más de uno empezamos a anhelar el almuerzo de forma urgente, pero llevábamos apenas 20 kilómetros y nos restaban otros tantos. Teníamos que peregrinar por urbanizaciones de Vilamarxant y campos de Cheste, sin épicas ascensiones pero con continuos toboganes, antes de llegar al almuerzo prometido vilamarxantero.

El peregrinar se convirtió varias veces en deambular. Llegados a escasos metros del vértice geodésico del Portillo del Roque, el punto más alto de la etapa, el objetivo era atravesar las urbanizaciones de La Balsilla y el Corral de la Pedrera. Pero esta ruta era de las difíciles, con muchos caminos y calles en las que poder errar la decisión, y más de una vez tuvimos que rectificar el recorrido. Bajamos, subimos y volvimos a bajar ya hacia Vilamarxant. El calor comenzaba a apretar y el almuerzo a ser una obsesión. Quedaban poco más de 5 kilómetros pero Víctor ya iba en velocidad de 'ir disfrutando del paisaje' y quedó descolgado. Cuando arribamos por fin frente al ayuntamiento y se presentaron ante nuestros ojos una multitud de terrazas fue como si se nos abrieran las puertas del paraíso.

Entre el ágape, la conversación sobre los congresos salseros, los viajes a Biarritz y la organización de la siguiente etapa con previsible salida desde Cullera, cuando quisimos reanudar la marcha ya eran casi las 12:00. No aprendíamos: habíamos quedado a las 07:15 para evitar en lo posible las horas de más calor y, aunque estábamos a 20 kilómetros de la meta, asumimos que nos íbamos a achicharrar una vez más. Hicimos el regreso por el río, pero tampoco sirvió de mucho. Aguantamos hasta Riba-roja para realizar una parada técnico-refrescante bajo el puente.

Tras remojarnos todo lo remojable, el chiquillo Víctor, el 'caxorrín' Javi y la jirafa Juanje continuamos la marcha. Pocos metros más adelante los efectos de la ablución ya se habían evaporado. Además, el agua de nuestros bidones rellenados tras el almuerzo hervía. Javi, que sólo 'aporta' un bidón para pasar las etapas porque le basta, había contribuido a agotar las existencias del resto. "Menos (Seat) Leones y más bidones", tuvo que escuchar, en alusión a su última adquisición automovilística. Por fin ante la subida a La Canyada, la disputa por la etapa quedó desierta y subimos en grupo, incluido Javi y su no tercer plato.

l'Oronet



"En el Tourmalet (...) un señor con sus 60 años a cuestas coronaba (...) con un tercer plato, pero debía de ser lugareño, porque llegó, se dio la vuelta, metió plato grande y se fue para abajo. Como cuando los valencianos llegamos al Oronet como si tal cosa". Habia entrado a las rafabatallitas para buscar algún comentario sobre sus innumerables subidas a l'Oronet y resulta que los valencianos lo subían como si tal cosa. Pues bien, nosotros no podíamos ser menos; la ascensión al puerto de montaña más cercano a la capital no podía demorarse más. A las 07:15, con la bici de Víctor puesta a punto, la rueda trasera otra vez en vertical tras 'lo' del Picayo, mi pinchazo arreglado y con todas las ganas del mundo, nos pusimos en camino.

En honor a la verdad, la previsión incluía la posibilidad de subir sólo hasta Serra, en función de cómo anduviéramos de fuerzas. Íbamos a hacer el recorrido 'bueno', por los cuarteles, la carretera a Porta Coeli y la tranquila y bonita carretera de Las Canteras. Si todo marchaba bien, en un par de horas debíamos coronar el puerto, y quién sabía si nos encontraríamos allá arriba con Rafa, ya que me había anunciado su intención de salir a pedalear por la zona esa misma mañana y los tocapelotistas queríamos rodar con el maestro.

Tras Bétera, avanzamos por carril bici hasta las inmediaciones de los cuarteles, donde un grupo de reclutas que hacía footing por nuestro 'territorio' nos abrió amablemente paso tras escuchar la campanilla de Víctor y recordarnos que el bar estaba "en la otra dirección". En la suave subida hasta el cruce de Porta Coeli marchamos prácticamente agrupados -Javi sólo cedió unas pocas decenas de metros-. Superado el incómodo tramo por su irregular firme entre el desvío al hospital y el cruce a Porta Coeli, comenzaba lo bueno.

Las Canteras ya fue otra historia, sus continuas subidas y bajadas dejaron a Javi algo más descolgado. Carretera sinuosa, de montaña, con algunos parches en el pavimento y con continuos toboganes que van desgastando, sobre todo si no se conoce. Y silenciosa. Miré hacia atrás. "Prepárate que nos van a encular", le dije a Víctor. Un grupo de seis o siete bicis de carretera nos sobrepasó en un visto y no visto en la rampa más dura. Con el cascabeleo de la Btwin y nuestra respiración en plan Sogo en Torla apenas les habíamos oído llegar. Culminamos la ascensión y nos dejamos caer apurando en las curvas hasta el cruce con la carretera de Náquera a Serra. En seguida llegó Javi. "¿Los habéis visto? ¡Cómo molan esas bicis, apenas hacen ruido!", comentó. Todo llegará; de momento las ‘mountain’ nos hacen más papel.

Entramos en Serra por su empinadísima travesía. Tras el puente, casi a la salida del pueblo, pasamos revista. Ya que estábamos allí, todos a l'Oronet. Teníamos nuestro primer puerto a sólo tres kilómetros. "Yo me adelanto que con mi no tercer plato me pillaréis pronto", afirmó Javi. No fue tan fácil. Víctor y yo avanzamos tras él, pero había cogido unos metros que costó bastante recuperar. Cedí pronto al ritmo de caza impuesto por el xoto, quien poco a poco alcanzó a Javi y lo rebasó. Desde la retaguardia, observaba a mis dos compañeros, progresando por la ancha carretera, solitaria a esas horas del día salvo por la presencia de ciclistas. Los tenía a tiro, pero Víctor se alejaba y Javi no se acercaba.

Tardé casi dos kilometros en dar alcance a éste. "Pensaba que me ibas a pillar antes", me dijo. No le respondí, no podía hablar. Hablar o pedalear, las dos cosas no podían ser. Víctor no se había alejado más; había hecho la de siempre, empezar fuerte y mantener. Aunque a él se lo pareciera, mi ritmo no era de superpersecución, así que me lo encontré parado en el desvío hacia el Garbí. También la de siempre: "No sabía si había que seguir recto o girar, la subida ya se ha acabado". Faltaban 300 metros para, como indiqué en el libro de ruta, encontrar el cartel de la cima del puerto, pero Víctor no quería la gloria para él solo.

Llegamos los tres a la vez: Víctor, descansado; el coloso Javi, henchido de moral; yo, sin aire. L'Oronet 500 metros. Nuestro techo, nuestro punto más elevado sobre el nivel del mar hasta el momento. Javi aportó su ocurrencia para establecer una nueva plusmarca: "Si nos subimos al montículo de detrás del cartel estaremos a 501, nuevo récord". Preferí escribir a Rafa, a ver por dónde rodaba. Ahora tocaba completar la máxima de Víctor: “Sufrir en las subidas para disfrutar las bajadas”, así que hicimos las fotos y regresamos a Serra. Me volví a quedar solo mientras mis compañeros se lanzaban a saborear el descenso aprovechando el óptimo pavimento. Puestos a saborear, hicimos lo propio con el almuerzo del Bar Descanso.

¿Y Rafa? En casa. Ni se había vestido todavía. Nos citó en Bétera. Variamos el recorrido previsto para acortar el regreso por la carretera principal y disfrutamos con un descenso a toda máquina por el arcén coloreado. Tuvimos que ir a buscarlo por el Camí de Llíria. Por allí venía Eleuterio, el caníbal de Ontinyent, el loco de los Pirineos, 'il diavolo' del Cedro, con su ‘nena’, con su ‘flaca’, a toda mecha, su maillot de la peña Cul Arrere y unas piernas con más kilómetros de los que harán los miembros de la peña tras varias reencarnaciones. Nos acompañó hasta la rotonda de acceso a La Canyada antes de hacerse 80 kilómetros con el fresquito del mediodía como preludio de la carrera popular que tenía por la noche. Es nuestro ídolo.


Subiendo de Bétera a Mas Camarena, Javi volvió a quedarse atrás. "Vamos a esperarle; en los llanos se va en grupo y en los puertos sálvese quién pueda", recomendó Rafa. "Esto para nosotros es un puerto", le respondí. Atravesamos la urbanización sin cruzarnos con deportistas haciendo footing que reclamaran nuestra atención. Ya en la subida a La Canyada, Javi mereció el primer puesto. La etapa nos había abierto el apetito montañero. Queríamos volver... y subir el Garbí. De momento, Javi se iba el fin de semana de congreso salsero y el chiquillo unos días a Biarritz. Si tuviera que elegir, no me van los congresos.

Cheste II


Víctor aprovechó una nueva semana de parada por vacaciones para darse un homenaje gastronómico. Más de cuatro kilos de un melón entero se regaló de una sentada como postre a una cena, y de paso desacreditó el refranero popular: "El melón por la mañana oro, por la tarde plata y por la noche mata". El señor Melón durmió como un rey.

07:15 horas. Plusmarca madrugadora y pleno de puntualidad para una etapa variada y sin grandes pendientes. Como premio, contratiempos mecánicos en las tres bicis. Pinchazo en mi rueda delantera, no comprobada convenientemente por el encargado de material (menos melón y más revisión); la trasera de Víctor, en posición oblicua después de 'lo' del Picayo, rozaba con las zapatas; y por último, y no menos importante, el no tercer plato de Javi. Un inflado de emergencia solventó el primer 'handicap', tocaba aguantar hasta Cheste para no retrasar la etapa. Las piernas de Javi tendrían que hacer lo propio con el tercero, pero lo de Víctor era más serio y pronto se hizo patente. De poco sirvió rociar dos veces con spray la cadena, la primera con ‘reflex’ y, tras una mirada en plan "creo que nadie se ha dado cuenta", una segunda ronda, esta vez sí, con lubricante. Él mismo lo confesó poco después.

En Riba-roja mi rueda aguantaba perfectamente, no era necesario visitar al señor Bicicletas Folgado. Continuamos hacia les Rodanes, en esta ocasión queríamos ascender por la Bassa Barreta para probar el descenso por donde subimos la primera vez que visitamos estos montes, por la urbanización Monte Horquera. Sólo había un kilómetro duro de ascensión, entre el área recreativa y la explanada de acceso a las antenas; ahí fue donde se vio que Víctor no lo iba a pasar bien. Me adelanté, superamos a un valiente ‘senior’, pero el xoto no me recortó ni un palmo mientras Javi se rezagaba. Afrontamos la bajada con entusiasmo y velocidad, no sin antes mirar de reojo a la derecha, al camino de subida a las antenas. Ese día teníamos otras metas.

Llegados a la urbanización, Javi y yo aprovechamos la larga, amplia y descendente avenida que conecta con la CV-50 para establecer un nuevo registro de 52 km/h, mientras Víctor nos observaba de lejos con su 'capada' bici. Subiendo por el Corral de la Pedrera me volví a quedar solo, y también solo me dejé caer hasta la tranquila carretera que discurre paralela al barranco de Teulada. Mis compañeros llegaron poco después y pusimos rumbo hacia el oeste. El refrán de "a quien madruga..." se estaba cumpliendo, disfrutábamos de un día nublado y no excesivamente caluroso.

Cruzamos la CV-380 y continuamos recto por caminos en busca de la CV-381, carreteras casi paralelas de escasísimo tráfico con trazado entre almendros, algarrobos, olivos, viñedos y algunas pinadas que convergen cerca de Pedralba. Nos esperaban poco más de cuatro kilómetros de ascensión suave y continuada, un terreno poco propicio para marcar grandes diferencias. Por eso, me extrañó sobremanera que tras gozar la subida en desarrollo 2x4 tuviera que esperar a Víctor más de dos minutos. Su bici definitivamente no tiraba y subió prácticamente al ritmo de Javi.

Estábamos a la entrada de la urbanización Los Visos y a escasa distancia del VG de La Cumbre, a unos 7 kilómetros de descenso con algún rampón por medio hasta el anhelado almuerzo. La variante hasta Cheste había resultado de lo más atractiva. Mientras buscábamos el bar, pregunté a un chestano en bicicleta por una tienda o taller donde me reparasen el pinchazo mientras nos avituallábamos. Nos indicó y acompañó a una que estaba cerrada por vacaciones. "Puedes preguntar al final de esta calle a la izquierda, que hay una tienda de motos".

En la tienda de motos, un cartel: "estamos a 100 metros en el taller". En la puerta del taller, grande pero sin señales de actividad en su interior, un hombre de unos 50 años, con su reglamentario mono azul, sentado en un taburete ante una mesita, saboreaba afanosamente los últimos mordiscos de un bocata, lata de coca-cola al alcance de la mano derecha, al tiempo que con la izquierda pasaba las páginas de un folleto de ofertas. El diálogo, memorable, fue muy parecido al siguiente:

-¡Hola, buenas! No sé si es mucho pedir. ¿Arreglan pinchazos de bici?
-Sí... (Me miró pensativo, como esperando que entendiera que el sí en realidad quería decir no).
-Sí... ¿Pero?
-Pero es que ahora... (Me estudió con detenimiento) me pillas... (Siguió evaluando mi nivel de credulidad) un poco liadete (éste se va a descojonar de mí, seguro que pensó).
-Ya, es que me han indicado una tienda de bicis pero están de vacaciones.
-¡No, si abrieron la semana pasada y ya se han cogido vacaciones! (Acusador total, con el intransferible acento chestano, en plan "si no fuera por esos vagos no estaría este tocapelotas jodiéndome el almuerzo y obligándome a quedar como un gilipollas").
-También me han dicho que, si no, lo que me queda es Chiva...
-¡Sí, sí, vete a Chiva, que allí hay una tienda que es sólo de bicis! (Es decir, "aquello es la ostia, la solución a todos tus problemas, pírate ya y quítame el marrón a mí").
-Vale, gracias.
-Gracias a ti. (En otras palabras, "¡Uff! Parece que no le he jodido mucho. ¿Por qué página iba?")

Lo di por imposible. Como la rueda aguantaba, me resigné a cambiarla tras la etapa y, como leones (terrestres) que somos, nos dirigimos al bar León. Antes de abandonar Cheste faltaba la foto. Elegí la fuente junto a la puerta del ayuntamiento. Mi móvil era baja por remojón, así que le tocó a Víctor organizar la instantánea. Mientras debatíamos dónde dejar el teléfono para la autofoto, un hombre bien vestido que salió del consistorio se ofreció a ayudarnos. Tras tomarse su tiempo para el encuadre tomó dos fotografías, nos preguntó de dónde éramos y, sin prisa alguna, se alejó por la plaza. El análisis de su conducta nos llevó a sospechar que podía ejercer algún cargo en el ayuntamiento. Tras cotejar su aspecto físico con el de la corporación municipal en la web una vez finalizada la etapa, los tres coincidimos en que todo apuntaba a que se trataba del alcalde, David Doménech. No esperábamos menos.


Antes del almuerzo habíamos dejado hechos dos tercios de la ruta, con lo que nos esperaba un breve regreso, variado en el perfil y con predominio de pista. Marchamos en paralelo a la CV-50 ascendiendo por asfalto para continuar con atractivos descensos por estrechos caminos campestres y algunos bosques. Rodeamos les Rodanes mientras Víctor intentaba desquitarse con un ritmo serio que Javi no podía mantener. Nos dejamos caer hasta la carretera de Loriguilla a Riba-roja y experimentamos por un difícil camino que nos dejó en el acceso a Els Pous. Ya estábamos casi en el río. Sin remojón, emprendimos la subida a La Canyada, en la que nuevamente Víctor fue víctima de su bici y no pudo disputármela. Su máquina fue directa al taller de su tocayo. Tenía que estar a punto para subir a Serra y l'Oronet.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Picayo



"Nos pasamos". Esa célebre frase repetida en decenas de almuerzos de biblioteca que se prolongaban más allá de lo responsable sirvió para definir lo que acabábamos de hacer en la subida al Monte Picayo. Unas rampas durísimas, un calor infernal, unas bicis poco preparadas y unas piernas y unos cuerpos menos preparados aún. Y un invitado a la etapa al que exprimimos: Johan.

No debió de llevarse el amigo de Javi un buen recuerdo de la Peña Ciclotocapelotista, aunque con ese nombre no podía esperar otra cosa. Residente en Rafelbunyol y acostumbrado a etapas de 'biker' en solitario ("se va a la montaña, sube y baja a saco, con ostias al canto, claro", según Javi), no fue advertido de que el trazado discurría a tan sólo 2 kilómetros de su casa, lo que le podría haber ahorrado 40 de coche y otros tantos en bicicleta. Además, al día siguiente se iba a Madrid por motivos laborales y, según se supo, se acordó bastante de nosotros en la meseta.

Elegí el Picayo para esta etapa vespertina porque entendía que el calor sería menor a las siete de la tarde que a las once de la mañana, pero salió un día "jodidamente caluroso". El sobrecogedor vídeo que adjunté al libro de ruta llevó a Víctor a presentarse con cubiertas nuevas ya que, según su homónimo del taller, las que llevaba eran "de patinaje artístico" para una bici "de juguete". El ampliado pelotón se dirigió por caminos asfaltados y campos de minas hasta Moncada para llegar hasta la carretera de Massamagrell a Náquera. En la rotonda del Camí de Llíria, una chica aguardaba a pleno sol, eran las 17:30. Hasta ese momento la etapa estaba siendo tranquila.

Pero a partir de entonces, el camino comenzó a endurecerse. Sin presentar batalla, Víctor y yo distanciamos a Javi y Johan, que dialogaban tranquilamente. Conforme nos acercábamos a las urbanizaciones de Alfinach y Los Monasterios, dos complejos residenciales de alto ‘standing’, el calor apretaba, la carretera se empinaba y las palabras se quedaban en el cerebro porque en la garganta se agotaba la saliva. Una dura y prolongada rampa nos puso definitivamente a prueba, justo antes de un alabado descenso que nos dejó en la entrada de Alfinach.

Atravesar las dos urbanizaciones suponía 1,5 kilómetros de rampa constante que acababa agarrándose a las piernas. Víctor y yo subimos con un ritmo regular y poco después llegaron Johan y Javi. Faltaban otros 2,5 kilómetros hasta las antenas, el vértice geodésico y la cruz. Cambiamos el alquitrán por la tierra y, para empezar, se nos presentó una rampa tremenda; fui el primero en quedar fuera de combate. Calor, pista ancha pero con piedras y surcos, pendiente exagerada. Cuando me rehice, Víctor ya estaba destacado en cabeza, algo lógico por sus cubiertas nuevas. Con todo, el camino estaba mejor de lo esperado, pues amplios tramos de hormigón acanalado permitía un mayor agarre, tal era la pendiente.

Con el xoto fuera de nuestro alcance, los otros tres hacíamos relevos: os adelanto, me paro, me adelantas tú, te paras, nos adelanta él, se para, y vuelta a empezar. No éramos capaces de aguantar más de 100 metros del tirón. Ya en el último tramo, me sentí con fuerzas para hacer una parada más corta y superar a Johan, que me acababa de pasar, ya que Javi y su no tercer plato estaban en verdaderas dificultades. Víctor aguardaba sentado en las antenas: el camino acababa allí. No tardaron en llegar primero Johan y luego Javi. Sin aire, sin fuerzas, sin mirada. Sin palabras.

"Estamos locos"; "Nos pasamos"; "Nos matamos subiendo rampas bestiales y así no logramos hacer piernas, deberíamos hacer pendientes más suaves y largas"... Fueron las primeras reacciones tras la brutalidad perpetrada. Dicho esto, había que averiguar dónde podíamos tomar algo frío. En nuestra ruta no cruzábamos ninguna localidad hasta Bétera, pero Johan aportó la solución: casualmente sus padres tenían una casa en Alfinach, así que podía conseguir que nos permitieran el acceso al club social. Adelante, pues. Pero antes, Víctor y yo convocamos a los presentes a acercarnos hasta el VG y la cruz; no fue posible persuadir a ninguno, así que de las vistas del mar, l'Horta Nord y el Camp de Morvedre sólo disfrutó la mitad del grupo.

De la bajada sólo diré que antes de echar a rodar detrás de Javi, Víctor se había asociado con Johan para un descenso a tumba abierta y estaban ya fuera de mi vista. Cuando llegué al club social Johan ya había hecho las gestiones para que nos dejaran pasar y nos estaban esperando impacientes. Ya sentados a la sombra, Johan nos habló de sus experiencias sobre la bici: "La última vez que me caí fue de las que tuvieron que venir a recogerme con el coche. Pero en cuanto pude pillar de nuevo la bici, y para no coger miedo, volví a bajar por el mismo sitio". Buena filosofía.

Se estaba muy bien allí, como cuatro potentados, en un recinto de 25000 metros cuadrados, con campo de fútbol 7, tres pistas de tenis, dos frontones, dos pistas de pádel, una pista multideporte, piscinas y un largo etcétera, pero en la puerta no nos esperaban los Ferrari sino las Orbea, Muddyfox, Btwin y demás. Enfilamos el descenso con ganas, alguno con exceso de ímpetu: abandonadas las urbanizaciones y bajando por un camino con tierra apisonada y piedras sueltas, Víctor perdió el control de la bici, se fue hacia la cuneta, afortunadamente con peralte y matorral, y ninguno entendimos cómo fue posible que no saliera despedido y en cambio lograra detenerse y mantenerse en pie. Fueron varios segundos esperando lo inevitable: que rodara, y con él la bici, pero lo evitó. Eso sí, después del meneo la máquina sufrió algunos desajustes. Era lo menos que podía pasar.

Nos quedaba un largo camino como para ir comentando la jugada, así que incrementé el ritmo. Volvimos a pasar por la rotonda del Camí de Llíria; tres horas después, la chica seguía allí. Dos por sí mismo no te dice nada, pero si te dan otro dos y lo sumas te sale cuatro. Pues eso. El Camí nos tenía que llevar hasta Bétera, y algunos ya empezaban a acusar el esfuerzo: Víctor fue el primero que perdió comba y quedó rezagado, si bien en el camino hacia Mas Camarena se resarció y se permitió poner plato grande para descolgar a Javi y luego a Johan. En la urbanización no encontramos deportistas haciendo footing que reclamaran nuestra atención. Y en la llegada a La Canyada, Víctor volvió a demostrar que su maillot sólo debería llevar de color rojo los lunares. Otro tema es que tras la etapa, literalmente, le temblaran las piernas, por el esfuerzo… y por el susto.

Sancti Spiritu


Las palabras de Víctor nos llevaron a quedar el lunes siguiente a las 07:30. Quizá por ello nos costó desperezarnos y durante los primeros kilómetros rodamos un poco zombis, y hasta alguno se permitió atragantarse con una magdalena con perlitas de chocolate y una barrita sobre la marcha, lo que inmediatamente llevó a Javi a acusarme de dopaje matutino.

Abandonamos Bétera y nos dirigimos hacia el este por el Camí de Llíria, con más tráfico del deseado, entre campos de naranjos, naves abandonadas, polígonos selváticos y PAI's a medio empezar. El sol comenzaba a asomarse entre las abundantes nubes, pero el día no se presentaba demasiado caluroso. Nos desviamos del Camí y empezó lo bueno. Los últimos diez kilómetros hasta el almuerzo iban a ser una alternancia de subidas con algunas bajadas por diferentes entornos y sobre distintas superficies: algo parecido a caminos asfaltados, metros de hormigón, rampones 'gratuitos' para ir ganando altura, algún agradable tramo de monte, urbanizaciones con cantidades ingentes de basura a modo de bienvenida...

Nos adentramos en la Calderona y, una vez más, yo no me sentía fino, todo lo contrario que Víctor y Javi, pese a su no tercer plato. Una nueva rampa de irse para atrás dio paso a los kilómetros más bonitos por un camino forestal entre preciosos y frondosos pinares, en el que era difícil mantener un pedaleo continuo pero que aun así recompensaba con creces. Además, conforme avanzábamos la senda se iba haciendo más ancha y más practicable. Esta vez Víctor tenía coartada por desconocer el camino, porque no era fácil guiarse por aquel laberinto boscoso, cosa que me vino bien para darle alcance, mientras que Javi mantenía la referencia visual y en ocasiones auditiva.

Una vez comenzó el imparable descenso hasta Sancti Spiritu, todo fue fugaz pero igualmente bello. Atravesamos el bosque serpenteando por la amplia pista. La tapia del monasterio nos avisó de la inminente llegada del asfalto, el secular convento, el precioso paseo arbolado y el área recreativa, por donde Víctor y yo pasamos a la par en un apretadísimo sprint. Sin necesidad de dar una sola pedalada más recorrimos los cientos de metros que nos separaban del bar. Eran apenas las 10:00. "Ésta es la hora a la que se almuerza, no las 11:30", sentenció Víctor.

Aquel día, 16 de julio, era una fecha señalada. Comenzaba oficialmente la temporada 2012/13 en la ligabastarda2 del comunio; a partir de esa fecha se podía empezar a confeccionar las plantillas. Lógicamente, la conversación en el almuerzo versó sobre esta cuestión y todo lo relacionado con el juego e incluso dio para incorporar un nuevo miembro, Pablo 'Giorgio Armani', reclutado a través de 'whatsap'. Comenzaban las críticas, los piques, las rajadas, los palos en el foro, durante un año más, en el que ocho señores bastardos intentarían desbancar al doble campeón, Juanje Monreal.

Tras el almuerzo y el acalorado debate, el regreso por el Camí de la Calderona se iniciaba con una ascensión no muy larga que costó completar. En cambio, el descenso por el Camí d'Aigua Amarga se agradeció por el buen firme, el trazado con modestas curvas y el paisaje boscoso con el puerto de Valencia en el horizonte. Nos esperaba más descenso, más por asfalto que por tierra, combinado con alguna trabajosa rampa en la que Víctor volvió a exhibirse: "La he subido con los cojones", aseveró. Esta vez no se los había dejado, subió con ellos.

Llegamos a la carretera de Massamagrell a Náquera. La excursión por la Calderona había sido muy divertida, pero aún quedaba más descenso. Nos plantamos ante un cruce: a izquierda y derecha, asfalto; al frente, un camino pedregoso. El aluvión de críticas que recibí porque los señoritos querían asfalto fue tremendo. Hicimos una breve parada junto al barranco de Náquera, en la que Javi reconoció que "estos descensos con piedras también molan, son más técnicos y hay que ir controlando la bici".

Reanudamos la marcha, me adelanté unos metros... y me cagué en la puta. Una avispa se me enganchó en el camal del pantalón-culote y me picó en la parte posterior del muslo. Tiré la bici, cogí el bidón, solté un chorro de agua en el suelo y me apliqué el barro en la zona afectada mientras mis compañeros intentaban deducir lo ocurrido. ¡Cuántos años sin sentir ese dolor agudo que se clava hasta los tuétanos! Le faltó tiempo a Víctor para rebautizarme con el ingenioso sobrenombre de "Yellow Hornett". Javi también estaba ese día 'sembrao', pues al rato cruzamos otro barranco por un camino asfaltado y... "¡No podemos cruzar, que llevamos agua en los bidones y en ese cartel pone 'Badén inundable. Con agua no pasar'!". 'Made in' Javi


En el tradicional regreso hacia Mas Camarena me fugué en solitario con un desarrollo de 2x6. Víctor ya se había exhibido en las rampas 'cojonudas' y Javi bastante tenía con cebarse en mi 'momento picotazo'. Evidentemente, según él mi escapada fue debida a que "el picotazo te dio alas". Y me las volvió a dar para la subida a La Canyada. Por si acaso, descarté el amarillo para el resto del verano, no fuera que "Yellow Hornett" tuviera secuelas.